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| EDITORIAL PRENSA
ASTURIANA |
Director: Isidoro
Nicieza | 
| Música |
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de hoy | |
COSME MARINA El teatro Jovellanos ha convertido
ya en tradición arrancar el verano gijonés con la
representación de una ópera. Ha sido una
iniciativa acertada que el paso del tiempo va
consolidando y es fiel exponente de la necesidad
de asentar en la ciudad una apuesta lírica estival
que enriquezca la intensa programación que, en los
más diversos ámbitos, se desarrolla en los meses
de julio y agosto. En los últimos años se está
apostando por una fórmula similar, a través de una
productora, que ha elevado el listón de calidad,
después de haber recurrido tiempo atrás a diversas
compañías del este de Europa. Lo más destacable,
en este sentido, es la adecuación y el buen nivel
del reparto de esta «Traviata» verdiana. Cada rol
funcionó sin problemas y esto llevó a que el
público disfrutase plenamente de la
representación. Sin embargo, como en anteriores
representaciones de otros títulos, se advierte una
grave precariedad en lo que a la producción se
refiere. Se viene haciendo cargo de las mismas
Federico Figueroa, que ya ha demostrado
sobradamente magníficas ideas y talento para
desarrollarlas. Pero en la escena los milagros
están contados. No se dará otro salto de calidad
mientras no se tenga claro que se precisan más
medios para conseguir un desarrollo escenográfico
digno. Desde luego la ópera es muy cara y nunca se
rentabiliza en taquilla, pero ahí entra en juego
la apuesta política por realizar espectáculos
adecuados, con el presupuesto suficiente. De ello
no debieran desentenderse ni la Administración
local ni la regional.
De la propuesta
escénica de Federico Figueroa, que realizó una
contenida lectura contemporánea de la trama
argumental, recibida con división de opiniones,
merecen subrayarse los pasajes más íntimos en los
que brilló adecuadamente su trabajo y, sobre todo,
el desolado último acto, ambientado en un
hospital, con una dramaturgia descarnada que
enfatizó la emoción. El arranque con la fiesta a
lo «Eyes wide shut» no se salió de
territorios, hoy por hoy obvios y casi manidos,
con su despliegue de lencería y estética sado-maso
posindustrial. Se quedó un tanto atrás, al igual
que la fiesta de Flora Bervoix, plana
dramáticamente. Quizá también porque en estos
pasajes las carencias presupuestarias pasaron al
primer plano. No obstante, la propuesta general
resultó válida, venciendo los aciertos a lagunas
como el deficiente vestuario, con una anecdótica
camiseta del Mundial de fútbol de Alemania
incluida.
Musicalmente, Oliver Díaz, al
frente de la Sinfónica de Gijón, controló con
eficacia el trazo de conjunto, aunque el abuso por
el forte acabó por empañar una lectura a la que le
faltó refinamiento, mayor ambición. No obstante,
el ajuste foso-escena funcionó, salvo algún
pequeño problema puntual, y también lo hizo el
nuevo coro vinculado a la orquesta gijonesa, y
dirigido por Beatriz Díaz. La agrupación le puso
ganas, aunque no vendría mal que se controlase una
ya peligrosa tendencia a confundir la robustez y
el empaste coral con una emisión a veces un tanto
fuera de control.
Entre el elenco
destacaron el esfuerzo y los resultados de Svetla
Krasteva como Violetta Valery. Ha sido una de sus
mejores actuaciones en Asturias. Krasteva es una
gran profesional y siempre una garantía en
cualquier cometido. Salvó este rol «imposible» con
una seguridad y destreza, con bravura y acierto en
el primer acto y esplendor en el final. Sólo se
echó de menos en su actuación más enjundia
dramática, aunque su vocalidad limpia, su canto
refinado, acabó convenciendo y ganándose el
entusiasmo del público. Ha sido la suya una
actuación vocalmente impecable en líneas
generales. La sorpresa llegó de la mano del
Alfredo Germont cantado por un Ricardo Bernal que
fue a más y deslumbró a partir del segundo acto.
Seguro en el registro agudo, su voz exhibe una
gama de armónicos rica, sugerente y su impulso
sobre la escena aportó credibilidad al personaje.
Luis Cansino sacó el máximo provecho a Giorgio
Germont. Se lució a fondo con un rol que se adecúa
muy bien a un cantante certero como él es. Su «Di
Provenza il mar» impecable y la pasión que unió al
canto proporcionaron pasajes emotivos. Entre el
resto del reparto merece destacarse el lujo que
supuso la esplendente Flora Bervoix de Milagros
Martín, y las aportaciones adecuadas y muy bien
trabajadas de todos los que intervinieron. En fin,
una representación de buen nivel medio que exige
mayor atención presupuestaria que permita ir a más
en próximos ejercicios.
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